domingo, febrero 18, 2018

Holodomor: historia de una extraña y poco conocida palabra que dejó millones de muertos en apenas un año

Sucedió en pleno comunismo por orden de Stalin, ensañado en especial contra el pueblo ucraniano
Iósif Stalin impuso el cruel Holodomor que mató entre dos y cuatro millones de ucranianos entre 1932 y 1933.
Iósif Stalin impuso el cruel Holodomor que mató entre dos y cuatro millones de ucranianos entre 1932 y 1933.
Holodomor. El nombre sugiere, además de un enigma por descifrar, acaso el de un dios pagano. Y su resonancia lo instala menos en el Bien que en el Mal.
Pero estas palabras son apenas una fantasía…
Avancemos hacia la verdad.
En apenas un año –1932 a 1933–, la bestial dictadura de Iósif Stalin ordenó el Holomodor contra el campesinado que sobrevivía bajo el comunismo como República Socialista Soviética de Ucrania.
Aquí llegamos al verdadero y trágico significado de la palabra: Holodomor o Golodomor quiere decir, aterradoramente: "Matar de hambre".
Exactamente lo que hizo "el padrecito Stalin" contra un número que oscila entre los dos y los cuatro millones de almas. De muertos. De otras tantas o más familias aniquiladas. Y con un dato demoníaco: la mayoría de esos cadáveres arrojados a enormes fosas comunes… eran de niños.
El punto de partida –la condena– fue el proceso de colectivización del campo: el despojamiento de las tierras que aún conservaban algunos dueños desde los tiempos del zarismo.
Cínico, Stalin atribuyó la letal hambruna a una serie de malas cosechas.
Falso. La producción ucraniana de granos llegó en 1933 a un récord de 22 millones de toneladas: más que en 1931, mucho más que en 1932…
Testimonio de Maria Martyniuk, sobreviviente:
"El gobierno dijo que había que entregárselo todo, y comenzaron a humillar a mi padre, que dijo: 'Tengo hijos, tengo una familia'. Pero ellos dijeron que todos iríamos a la granja colectiva, el koljoz, y que allí estaríamos mejor. Le dijeron a mi padre que bajara las campanas de la iglesia, pero él se negó:
–Yo no las subí, y no voy a bajarlas…
Lo golpearon y lo encerraron en una celda. No lo vimos durante dos semanas. Y apenas volvió a casa… ¡murió! Las máquinas que cosechaban el trigo y el centeno dejaban los tallos. Mi madre recogió algunos para cocinar algo, pero una brigada se los quitó, y la golpeó. Ella se acostó en su cama, y nunca más se levantó. Así fue como murió".
¿Sólo los ucranianos fueron víctimas del Holodomor, o la hambruna fue colectiva?
Según varios historiadores, "fue un acto de exterminio intencional de Stalin contra la nacionalidad ucraniana por oscuras razones nunca aclaradas. Es cierto, sí, que la apropiación de las tierras y las cosechas por parte del Estado soviético propició otras hambrunas, pero ninguna tan cruel y criminal como la lanzada contra Ucrania".
La colectivización –el despojo, en verdad– fue decidida por el Comité Central del Partido Comunista en diciembre de 1929: una guerra declarada, abierta y total contra los campesinos… ¡el 82 por ciento de la población del bloque de naciones sometidas por el régimen!
Por cierto, esa política de tabla rasa desató protestas, disturbios y revueltas en todo el territorio: más de tres millones dispuestos a impedir el despojo. Pero el Ejército Rojo se encargó de extinguir esos fuegos, arrestó a miles de intelectuales ucranianos bajo falsos cargos de conspirar contra el Estado, los condenó a las prisiones siberianas, y muchos fueron fusilados…
Testimonio de Luba Kachmarska, sobreviviente:
"Cuando empezaron a expropiar nuestras tierras cubrieron nuestras papas con un polvo blanco. Las más grandes, que mi madre había reservado para nosotros, y también las más pequeñas, que eran para nuestros cerdos. Los hombres empujaron las papas con rastrillos para que se mezclaran con ese polvo blanco, que era veneno. Destrozaron todo y se llevaron las semillas que mi madre había salvado para el próximo año. No sé por qué mi madre hizo esto: antes de que nos robaran cuanto teníamos, cavó un gran agujero cerca de nuestra bodega, y en el otoño escondió allí dieciocho bolsas de papas. Después derribó un árbol para cubrir el agujero. Nadie lo encontró, a pesar de que tantearon el suelo por todas partes tanteándolo con varillas de acero. Sin esas papas, ni la familia de mi madre ni nosotros hubiéramos sobrevivido".
Pero Stalin consideraba insuficientes esos crímenes: esas condenas a morir de hambre. Tanto, que el 11 de agosto de 1932 le escribe una carta a Lázar Kaganóvich (1893–1991), un monstruo llamado "el Lobo del Kremlin", experto en matanzas masivas:
"Ucrania es hoy en día la principal cuestión, estando el Partido, y el propio Estado y sus órganos de la policía política de la república, infestados por agentes nacionalistas y por espías polacos, corriendo el riesgo de perder Ucrania. Una Ucrania que por el contrario es necesario transformar en una fortaleza bolchevique".
Títere siniestro, Kagánovich, organizador de toda forma de represión, tormento y muerte masivas, está considerado el cerebro de más de 40 millones de muertos hasta la agonía y muerte del comunismo.
Pero, last but not least, la masacre por hambre, el Holodomor –unos 25 mil muertos por día– , fue objeto de discusión durante décadas por una nimiedad, una grotesca estupidez universal.
Holodomor-7Si bien la condena fue unánime (o casi), quince países admitieron que la hambruna 1932–1933 fue sin lugar a dudas un genocidio contra el pueblo ucraniano. Pero apenas cinco le negaron su carácter de genocidio, reduciendo el Holodomor a sólo "un acto criminal del régimen estalinista"
Esos países son Estados Unidos, la República Checa, Eslovaquia, Chile y la Argentina.
Una extraña manera de calificar un crimen contra la humanidad. De limitar el Mal a los límites de un punto en el mapa.

El primer asesinato en masa de la Guerra Civil

Jaén había permanecido en manos del Frente Popular al inicio de la Guerra Civil. La Catedral de la ciudad andaluza se habia convertido en cárcel, a la que los comités revolucionarios de los municipios de la provincia y el de la propia capital traladaban a los detenidos acusados de ser “fascistas”, es decir: propietarios, militares, religiosos, falangistas,…
Ante la saturación de la improvisada prisión, que llegó a tener más de 1.300 presos, las autoridades del Frente Popular decidieron que los más “destacados” de ellos fueran trasladados a la cárcel de Alcalá de Henares. Para ello se organizaron dos expediciones en tren. La primera salió de Jaén el 11 de agosto con 322 detenidos a bordo, el segundo partió el día siguiente con 245 presos. Muchos de ellos no llegarían jamás a su destino porque fueron asesinados antes de alcanzarlo.
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El primero de los trenes llegaba a Madrid el día 12 de agosto, a la estación de Mediodía. Cuando se disponía a retomar el camino hacia Alcalá de Henares, fue detenido por un grupo de milicianos liderado por Basilio Villalba Corrales, líder de las milicias que se habían formado entre los ferroviarios. Tenían la lista completa de los ocupantes del tren y pretendían hacerse cargo de los presos con la evidente intención de asesinarlos.
Tras una corta negociación con los milicianos armados que vigilaban, junto a dos docenas de guardias civiles, a los prisioneros, cedieron parcialmente a las exigencias de Villalba y sus secuaces y les entregaron a 11 de los detenidos que fueron fusilados inmediatamente en las vallas de la estación.
El segundo tren llevaba solamente escolta de la Guardia Civil. Cincuenta agentes eran responsables de la integridad de los 245 presos. El convoy fue detenido por milicianos cuando frenaba en la maniobra de aproximación a la estación de Vallecas. Inmediatamente el oficial de la Guardia Civil se puso en contacto telefónico con Manuel Muños Martínez, director general de Seguridad y máximo responsable de la integridad de los ocupantes detenidos que, al ser advertido de que los milicianos contaban con tres ametralladoras y de que estaban amenazando con abrir fuego contra los agentes si se negaban a entregar a los presos, dio la orden de entregarlos a las turbas que llevaron el tren al Pozo del Tío Raimundo.
De los 245 presos que ocupaban este segundo convoy, 193 fueron asesinados. Se les bajaba en grupos de diez o quince personas que eran colocados junto a un terraplen y ametrallados sin recibir el tiro de gracia, como quedó claro tras la apertura de la fosa común al término de la Guerra Civil.
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Especial ensañamiento hubo con los miembros del clero, a juzgar por los testimonios dados por algunos de los supervivientes al acabar la contienda.
El obispo de Jaén, Manuel Basulto, y su hermana fueron asesinados individualmente por una miliciana llamada Josefa Coso “la pecosa” y el grupo que dirigía.
Otros testimonios han hablado que una de las víctimas fue un sacerdote, que al negarse a apostatar y blasfemar, fue asesinado a navajazos, rematándole con un estoque que llevaba a la cintura uno de los milicianos que participó en los asesinatos.
Los cadáveres fueron saqueados y los milicianos se repartieron, como botín, todos los enseres personales de sus víctimas.
Este primer asesinato en masa de la Guerra Civil fue presenciado por unas dos mil personas que animaban a los milicianos a agredir y no tener piedad con los detenidos.
Los milicianos que asesinaron a los detenidos del tren de Jaén aprovecharon para trasladar al lugar de las ejecuciones a 13 detenidos que tenían en el comité revolucionario de Vallecas para asesinarlos allí también. Esto explica que al abrir la fosa se encontrasen 206 cadáveres.

Paracuellos, la mayor fosa común de la Guerra Civil

En la localidad madrileña de Paracuellos del Jarama reposan los restos de unos 5.000 españoles asesinados entre los días 7 de noviembre y 3 de diciembre de 1936 en plena etapa de lo que se ha dado en denominar el “terror rojo en Madrid”.
La represión republicana en la asediada capital de España sumó un total de 30.000 asesinatos, casi la mitad de los que se produjeron en la zona controlada por el Frente Popular durante los tres años de guerra. La sexta parte de las víctimas de la persecución contra lo que se denominó la quinta columna en Madrid acabaron en Paracuellos, la mayor fosa común de la Guerra Civil española.
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Entre estos miles de asesinados no había militares vinculados al alzamiento militar. Las víctimas eran religiosos, políticos, militares jubilados, nobles o católicos. Todos ellos fueron sacados sucesivamente de las cuatro cárceles en las que se encontraban encerrados –Modelo, Porlier, San Antón y Ventas- y, con la excusa de su traslado a Valencia, llevados a la localidad próxima la río Henares donde, tras ser desvalijados y obligados a cavar su fosa, eran acribillados a balazos y enterrados, en algunos casos se les llegó a enterrar vivos, sin el tiro de gracia.
La culpa, según todos los autores que han estudiado estos hechos, fue del Partido Comunista, en especial de la Dirección General de Seguridad, a través del consejero de Orden Público, Santiago Carrillo.

La matanza que hundió a Azaña

Se reedita el ejemplar reportaje de Ramón J. Sender sobre la brutal represión de una rebelión campesina en Casas Viejas por parte de las fuerzas del orden republicanas


Muertos en la revuelta de Casas Viejas (Cádiz) en 1933.
Muertos en la revuelta de Casas Viejas (Cádiz) en 1933.
Destruida la choza, asesinado también con las esposas puestas Manuel Quijada y golpeada bárbaramente su mujer, Encarnación Barberán, que quiso protestar, los guardias bajaron en una columna disforme hacia la plaza y formaron en el centro. Más de doscientos hombres. El cura preguntaba tímidamente si había que usar sus servicios y preparaba un sermón para la primera ocasión en que hubiera que repartir en la iglesia “la limosna”. Los oficiales iban y venían con papeles. Después de los disparos últimos contra un grupo de curiosos, todo el mundo había vuelto temerosamente a sus casas, a sus albergues. La luz de las siete de la mañana llegaba por la parte del mar, lívida y penetrante. El jefe paseaba ante la doble fila de las fuerzas formadas. La humareda que seguía subiendo desde lo alto de la colina terciaba el cielo de la aldea con una faja negra. Ardían los cuerpos desmedrados de los campesinos. Todas las viviendas de la aldea estaban cerradas. Los jefes iban y venían con papeles. Uno dijo apresuradamente:
—Tengo órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento.
Miró el reloj y añadió:
—Doy media hora para hacer una razzia, sin contemplaciones.
Esta orden no se limitaba expresamente a los sucesos de Casas Viejas, sino que se había dado el día 11 con carácter general a todos los lugares donde se habían producido desórdenes, como otras órdenes no menos bárbaras; las fuerzas rompieron filas y se diseminaron en dirección a la torrentera, hacia las chozas de los jornaleros.
Un guardia preguntaba:
—¿Qué es una razzia?
Y otro respondía, cerrando la recámara del fusil:
—Que hay que cargarse a María Santísima.
En las calles no había un alma. Los campesinos permanecían con sus familias, silenciosos, en las chozas. A la puerta de una de ellas lloraba el niño de once años Salvador del Río Barberán. Llevaba en la mano un cartucho de fusil, disparado. Los guardias le dijeron, riendo:
—Tira eso, muchacho, que no es un pastel.
Luego empujaron la puerta. En el fondo, el viejo Antonio Barberán —el de la chaqueta de rayadillo— yacía sobre un charco de sangre. El muchacho lloraba y juraba que su abuelo no era anarquista. El guardia bisoño subió calle arriba con los otros, conocedor ya de lo que era una razzia. Atrás quedó el muchacho midiendo con los ojos la soledad de la calle. El pueblo había enmudecido. Después de las ilusiones de la noche del día 11, todo volvía a su viejo ser. Las tierras seguirían alambradas y cercadas “para nadie”. El hambre y la desesperación, el no hacer nada y la esperanza —como único horizonte— de que el cura los convocara un día u otro —quizá mañana, siempre ese “quizá”— para darles un bono de una peseta canjeable por sesenta céntimos de víveres; ese porvenir inmediato les aguardaba. No se veía otra cosa en los meses que faltaban hasta la siega. Las hoces esperaban clavadas en la paja de la techumbre. La ilusión de las cuarenta y ocho horas anteriores los había vivificado. Nadie se acordó de comer ni de dormir.
Pero la represión, la destrucción de la choza de Seisdedos, los asesinatos de Francisca Lago y de su padre cuando intentaban huir con las ropas ardiendo, todo aquel estruendo de bombas y fusilería al que estuvieron atentos los campesinos desde sus camastros; el recuerdo de Manuel Quijada, esposado, que caía bajo los culatazos de los guardias y era levantado a puntapiés para morir, por fin, ametrallado frente a la choza; los asesinatos de otros tres detenidos, muertos a bocajarro junto a las cercas; la muerte del septuagenario Barberán al lado de la cama que acababa de abandonar, esos acontecimientos eran conocidos rápidamente en todo el pueblo.
Durante la noche, los campesinos afiliados al sindicato, que tenían armas, huyeron. El campo los acogería en la noche fraternalmente. Por la tierra, por la superficie cultivable, todavía virgen, habían intentado implantar el “comunismo libertario”. En la conquista del campo empeñaban la vida. La habían dado ya muchos campesinos. Al campo fueron a refugiarse. Entre los que quedaban en el pueblo apenas se podrían contar dos o tres testigos de los sucesos y miembros del sindicato.
En la aldea había teléfonos misteriosos que comunicaban con Madrid y con Cádiz constantemente. Había papel para los atestados, sellos judiciales, casas donde tomaban el desayuno los oficiales y los enviados del Gobierno —había llegado uno, de Cádiz—. Había la inseguridad de ofrecer la paz sin que la aceptara el enemigo. La probabilidad de levantar los brazos inermes ante cuatro fusiles y recibir, sin embargo, la descarga. Estaba a cada paso la tapia de los fusilamientos. En el pueblo todo les podía ser hostil. En el campo, un obscuro instinto les decía que todo habría de serles favorable.
Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender, publicado en 1934, ha sido reeditado por Libros del Asteroide.

La Iglesia atribuyó un nuevo milagro a la Virgen de Lourdes

Se convalidó el caso de una monja franciscana que, tras permanecer treinta años inválida, pudo volver a caminar.


La Iglesia Católica reconoció este domingo un nuevo milagro de la imagen de la Virgen de Lourdes, a quien le atribuyen la sanación de una moja católica romana que estuvo prácticamente paralítica por casi tres décadas y se recuperó luego de una peregrinación al santuario ubicado en Francia.
Este el milagro número 70 que se le atribuye a la divina intervención en la ciudad francesa de Lourdes, según informó el diario Le Figaro. El anuncio coincidió con el día en que se conmemora su primera aparición, el 11 de febrero.
La Iglesia atribuyó un nuevo milagro a la Virgen de Lourdes
Sor Bernadette Moriau (79) fue la receptora del milagro número 70 de la Virgen de Lourdes, según informó la Iglesia (catholique.fr)
El obispo Jacques Benoit-Gonin de la diócesis Beauvais, en el norte de París, proclamó el milagro 10 años después de que Bernadette Moriau (79) fuera a Lourdes, donde hay un santuario que la Iglesia Católica ha reconocido por docenas de otras curas milagrosas.
El reconocimiento se produjo tras una década de estudios y pruebas por el Comité Médico Internacional de Lourdes. El obispo tenía la última palabra para reconocer el milagro.
Esta francesa ha sido parte de la orden franciscana desde los 19, sufría de problemas lumbares y ciáticos desde 1966 que degeneraron en déficit neurológico en 1987, lo que desde entonces prácticamente le impedía caminar.


La monja experimentó "un cambio repentino, instantáneo, completo y duradero", dijo Benoit-Gonin en el sitio web de la diócesis. Señaló que las características lo alertaron a la posibilidad de que había ocurrido un milagro y agregó que el comité médico informó que los cambios eran inexplicables "dentro de nuestro actual estado de conocimiento científico".
El santuario de Lourdes es el lugar donde hace 160 años hubo apariciones de María, considerada la madre de Jesús. Según reportes, se le apareció a Bernadette Soubirous, una campesina de 14 años y se cree que el agua de manantial en la Gruta de Massabielle tiene poderes curativos que atraen a peregrinos de todo el mundo.
El obispo de Lourdes Nicolas Brouwet anunció el milagro al cierre de la misa del domingo en la basílica del santuario.


sábado, febrero 10, 2018

Queridos familiares y amigos:
Acabo de reembarcarme después de haber bajado de este multitudinario crucero en las Malvinas, en medio de un embrollo de sentimientos. Pero prefiero transmitir esto ya, sin dejarme atrapar por ningún razonamiento ulterior que lo reduzca.
Las Malvinas ocupadas por los kelpers son un mundo absolutamente distinto del nuestro (¡qué novedad), sólo asimilable por la geografía. Muy similar a la del continente a esta altura de la Patagonia pero, hasta donde recuerdo, más linda porque tiene más agua, sea de entradas del mar, sea de riachos y cursos que hacen más pintorescas las lomadas y los pequeños cerros pedregosos. No hay árboles, salvo unos pocos no nativos plantados alrededor de las escasas construcciones tipo granja.
Apenas llegados fuimos al cementerio de Darwin en una camioneta que manejaba un ingeniero civil cuarentón, un poco básico pero agradable y absolutamente natural. Es la séptima generación de su familia en las islas y trabaja en obras públicas tipo caminos, a la vez que se hace tiempo para estas changas con turistas. Estudió en Escocia y en el Sur de Inglaterra. Tenía 7 años cuando el "conflict" y a su padre lo internaron preventivamente como prisionero en la otra isla, pero dice que lo trataron bien. No me impresionó para nada resentido.
El Cementerio pone los pelos de punta, cada cruz con un rosario blanco y otro celeste enredados, más estampitas y mensajes que deja la gente, y la protección de una imagen de la Virgen de Luján. Muchas visitas, muchas emocionadas. Nuestro chofer dijo que el de hoy era un número poco común. Por suerte encontramos la tumba de Alejandro Dachary, hijo de un muy buen profesor concordiense a quien conocí y aprecié, y hermano de un gran amigo de mis chicos, que es marino. Él era artillero militar y murió cuando un misil entró por la boca del cañón con el que estaba tirando. Además, los nombres de Estévez y de Giacchino, junto al de muchos "soldados argentinos sólo conocidos por Dios". Ahí está todo eso, obligándonos a volver.
Me acordé de todos los amigos, especialmente de los camaradas muertos. Me acordé también de todos los traidores y de todos los que no supieron estar a la altura. Me acordé también de toda esa basura política que no existía y apareció para sacar provecho de las cenizas de la patria. Todos esos desmalvinizadores civiles y militares. Y me acordé del coro de imbéciles que sigue creyendo que aquello fue fruto de una locura, cuando lo fue  de cierta credulidad pero de enorme traición nacional e internacional.
Y eso sigue. Ayer, como preparando la visita, un gallego que habitualmente habla de geografía y del clima por los altoparlantes de este barco largó una suerte de conferencia donde se dio el lujo de contar la historia de las islas sin la menor referencia al gobierno de Vernet, casi como si los ingleses de 1845 hubieran llegado pacíficamente al desierto (quizás tenga la suerte de encontrármelo en un pasillo de este edificio flotante). Ni hablar de los argentinos que siguen perorando sobre la borrachera de Galtieri o sobre la imprudencia de haber desafiado a la OTAN, ignorando todo y especialmente la trampa de la que fuimos objeto.
Cae ahora el sol y el perfil de las islas se pone magnífico. Llama a que la nación vuelva. Pero para eso tendrá antes que ser reconquistada desde dentro. Sólo entonces será capaz de hacer entender a los mejores habitantes locales, a quienes Inglaterra somete a singular austeridad sobre todo intelectual, que la Argentina puede ofrecerles la generosidad que probablemente en 1982 no supo siquiera insinuar. Porque así como me consta que no se supo organizar una adecuada atención médica, con la cual muy probablemente Giacchino no hubiera figurado en la lista de muertos aunque pudiera perder una pierna, así tampoco me parece que se planeó cómo hacer entender a los kelpers que la cosa no era contra ellos sino a favor de la verdad histórica mantenida viva desde la época de Rosas.
Claro que no sería justo ignorar los derechos individuales de quienes llevan aquí más generaciones que el promedio de los argentinos de hoy (sería una bestialidad semejante a la de los argelinos con los franceses afincados desde más de un siglo y medio allí, cuya persecución ha hecho desaparecer a Argelia misma: otra traición de De Gaulle). Pero tampoco lo sería seguir la postura de quienes, a metros del puerto y por medio de carteles manuscritos pegados a unas ventanas, exigen a los argentinos -entre otras cosas- "pedir disculpas por la invasión" y "desistir de los reclamos de soberanía" como condiciones para la paz.
A pesar de la amargura que he sentido hoy de a ratos, estoy contento de haber llegado a las Malvinas. No ha hecho sino reforzar nuestra convicción de siempre (y vuelvo a recordar a nuestros mejores amigos y parientes). Pero ahora con una tranquilidad de conciencia singular: esto será nuestro cuando volvamos a ponernos a la altura, aunque seguramente no lo verá nuestra generación. Es el honor de nuestra patria y la clave estética de nuestra supervivencia como nación independiente.
Abrazo:
Hugo Esteva

¡ FELICES ARGONAUTAS,EN BUSCA DEL AMOR PERPETUO Y NO EN UN VULGAR VELLOCINO DE ORO !..
INESPERADA SORPRESA DONDE LA INTELIGENCIA,LA VOLUNTAD Y EL SENTIMIENTO AL FINAL DECIDEN EN ARMÒNICA UNIÒN,UN CRUCERO A NUESTRAS MALVINAS,REFERIDA CON TU ESTUPENDA FACILIDAD Y SENCILLEZ SU GEOGRAFÌA. EN SUS LOMADAS,RIACHOS Y CERROS
DARWIN: LAS CRUCES Y LOS ROSARIOS AL VIENTO, SERÀN IMPRESIONANTES Y EL RECONCER ALGUNOS QUE EN EL SILENCIO FRENTE A UDS.,YA RECONQUISTARON CON SU SACRIFICIO, BAJO LA PROTECCIÒN EL MANTO DE LA VIRGEN DE LUJÀN...Y BROTARAN ALGUNAS FURTIVAS LÀGRIMAS ,POR HABER ENTENDIDO LA PERFECCIÒN DEL HEROISMO..
LUEGO ME REFIERES " DE TODOS LOS TRAIDORES ",DE, " LA "BASURA POLÌTCA ", DESMALVINIZACIÒN DE INTERNACIONAL DE CIVILES Y MILITARES" GRAVISIMA CONDENACIÒN A LAS LLAMAS DEL INFIERNO. "TRAICIÒN NACIONAL E , INTERNACIONAL", CUANDO FALTABA LA ÙLTIMA CONTRAOFENSIVA , POR MENTIRAS DE UN GOBERNADOR COBARDE AL PTE GALTIERI.
¡SORPRESA FUÈ LA RENDICIÒN PARA NOSOTROS Y LOS ENEMIGOS !...EL CONTRALMIRANTE WOODWARD ,JEFE DE LA ROYAL NAVY EXPRESÒ: "PRACTICAMENTE A LOS ARGENTINOS LES HUBIERA BASTADO UN SOPLIDO PARA HACER CAER "( MALVINAS,LA HISTORIA COMENTADA. TOMO XX.PAG 16 Y17. DE JUAN B, YOFRE.)
¡FALTARON LOS 300 DE LA TERMÒPILAS !, GUZMÀN EL BUENO DE TARIFA O EL MOSCARDÒ DEL ALCAZAR DE TOLEDO !...
De nuestros hombres 15.000 con  650 bajas,y 14.450 no fueron a Victoriosa Contra-ofensiva que todos esperaban!...
Dejà tu amargura y vuelvan felices por haber pisado tierra sagrada,con la absoluta seguridad que ¡VOLVEREMOS !. completamente en tinieblas
Charles Maurras: "mi deseo de creer, no estoy completamente en tinieblas, no veo, pero debo ver "....Y se convirtiò.
Nuestras futuras generaciones  veràn y con Heroismo, aceptaran la RECONQUISTA!!!....
CON ADMIRACIÒN Y AFECTO LOS ABRAZA FUERTEMENTE 

jueves, febrero 08, 2018


Franco y su arquitecto: «La cruz del Valle de los Caídos fue nuestra pesadilla»

Diego Méndez revelaba en una entrevista a ABC, en 1957, los pormenores de las obras de este monumento de 200.000 toneladas de peso y 150 metros de altura que sigue generando polémicas

 

 

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«Presentar una cruz en lo alto de un risco que trepa hasta las nubes sin que pareciera enana y vulgar en su estilo y proporciones era la pesadilla tanto del Caudillo como mía», reveló a ABC el arquitecto responsable de las obras del Valle de los Caídos, Diego Méndez. La entrevista se publicó el 21 de julio de 1957, dos años antes de la inauguración del gigantesco monumento con el que el dictador quiso honrar a los muertos (de su bando) en la Guerra Civil. Una imponente cruz de hormigón y cemento de más de 200.000 toneladas de peso, 150 metros de altura y 46 metros de longitud en sus brazos, que sigue generando polémicas más de cuarenta años después de la llegada de la democracia.
La última se produjo ayer miércoles, cuando la Comisión de Justicia del Senado convocó al prior del Valle de los Caídos, Santiago Cantera, para que explique por qué se niega a cumplir la sentencia que le obliga a exhumar restos custodiados en el mausoleo y reclamados por sus familiares. Este argumenta que eso no es posible por el daño que la obra podría causar en la basílica. Un día antes, además, Pedro Sánchez había presentado la hoja de ruta del PSOE, donde incluía medidas como que se trasladen los restos de Franco y José Antonio Primo de Rivera fuera del conjunto monumental ubicado en San Lorenzo de El Escorial.
Hace ocho años, las iniciativas iban más allá. El Foro por la Memoria de la Comunidad de Madrid y el Foro Social de la Sierra de Guadarrama pedían incluso la voladura inmediata de la famosa cruz: «De ninguna forma puede consentirse que se siga alzando hacia el cielo ese símbolo de muerte y venganza», aseguraban. Un símbolo cuya construcción supuso un auténtico suplicio para Méndez, según repitió durante su charla con el periodista, escritor y Cronista Oficial de la Villa de Madrid, Tomás Borrás: «La cruz fue nuestra pesadilla».
En un artículo publicado en la revista madrileña «Índice», en 1953, se hacía referencia a los anteriores proyectos de la cruz presentados por Pedro Muguruza, el arquitecto encargado de comenzar los sobre las obras del Valle de los Caídos en 1941 y sustituido después por enfermedad, Antonio Mesa y Prieto Moreno. «Ninguno estaba en la línea conceptual conveniente. Unos, por pobreza; otros, por error manifiesto», decía el reportaje. Se decía que «hubo lo que se dice miedo» en el entendimiento y plasmación de la «grandiosa idea» del Jefe del Estado.
Franco, supervisando el inicio de las obras del Valle de los Caídos, en 1940
Franco, supervisando el inicio de las obras del Valle de los Caídos, en 1940-ABC
El arquitecto de Franco —o encargado de las tareas arquitectónicas en la Casa Civil del Jefe del Estado— no quiso hacerse cargo al principio de aquel rompecabezas lleno de obstáculos. Declinó incluso presentarse al concurso convocado por la Dirección General de Arquitectura. Según dijo, «por elemental delicadeza». Y es probable que no lo hubiera hecho si no fuera porque el «Generalísimo» le encomendó las obras en 1950.
En el libro «La verdadera historia del Valle de los Caídos» (1976), Méndez le contaba a su autor, Daniel Suerio, la conversación que tuvo con Franco en El Pardo a finales de los 40.
Franco: ¿Ha visto usted lo que han hecho sus compañeros para el proyecto éste de la cruz?.
Diego Méndez: Pues sí, señor, lo he visto.
F: ¿Qué le parece a usted?
D.M.: Pues no sé, mi general.
F: Pues mírelo usted, que aquí tengo fotografías de todos los proyectos; siéntese usted ahí.
D.M.: Muy afortunados no parece que han estado, pero, en fin, no sé. ¿A usted qué le parece, mi general?
F: A mí me parece que han hecho una porquería. No es esto lo que tenían que hacer, era una cosa distinta. Se han quedado pequeños, es una cosa sin inspiración... Vamos a ver, ¿quiere usted hacer el proyecto de la cruz?
D.M.: Pues no, mi general, no quiero hacerlo. Mejor dicho, no puedo hacérselo (...). Si ahora declara usted el concurso desierto y me dice que haga yo la cruz, pues dirán que podía haberse ahorrado hacerlo.
F: Entonces, ¿qué solución le ve usted a esto?
D.M.: Pues mire usted, mi general, que coja usted esto y se lo dé a Pedro Muguruza, que es el director general de Arquitectura, que es a quien tiene usted disponiendo todas estas cosas del monumento.
F: Entonces, ¿no quiere usted hacer el proyecto de la cruz? ¿Ni siquiera un boceto?
D.M.: Sí, señor, ¿por qué no voy a querer?
F: Pues hágame usted unos bocetos de la cruz.
El proyecto, efectivamente, fue muy difícil de llevar a cabo. Incluso para este experto al que ya le habían adjudicado las obras de restauración del Palacio del Pardo y el Palacio de la Zarzuela. Esa fue la razón de que «otros compañeros ilustres retrocedieran ante el problema que representaba». «Pasaron meses y no daba con la solución –continuaba Méndez–. Un día, de modo inesperado, mientras aguardaba absorto a que mis cinco chiquillos se vistieran para ir a misa, casi iluminado, dibujé con el lápiz con el que hacía arabescos en un papel, sin darme cuenta, la Cruz tal y como está ahora en su materia clavada en la elevación poderosa». Cuando le llevó sus bocetos al dictador, la sentencia de este fue clara: «¿Ve usted? Pues esto es lo que yo quería hacer, una cosa así. Haga usted el proyecto definitivo».
Los otros proyectos que ilustran este reportaje fueron desechados. La «iluminación» del arquitecto madrileño se puso en marcha en julio de 1950 con los trabajos de cimentación. La construcción comenzó en 1951. «En la cima de la cruz puede percibirse una sensible oscilación en sus brazos, sabiamente estudiada, donde pueden cruzarse dos automóviles de turismo sin tocarse», aseguran las guías turísticas. Sus dimensiones permiten que en su interior pueda albergar una escalera de caracol y un ascensor desde la base hasta los brazos. Y que se aposten en su pie los cuatro Evangelistas de Juan de Ávalos, de 18 metros cada uno, por los que el escultor extremeño cobró 300.000 pesetas.

Accidentes laborales y silicosis

Según Méndez, en las obras participaron unos 2.000 peones que trabajaron a un ritmo muy alto con la pretensión de que las obras acabaran lo antes posible. Entre ellos se encontraban, según sus palabras, «ochenta condenados». Por lo que se supo después, muchos de ellos eran presos republicanos, algunos de los cuales acabaron siendo enterrados bajo aquellas mismas piedras. «Horadaron el granito, se subieron a andamios inverosímiles y manejaron dinamita. Han jugado, día a día, con la muerte… Y triunfado sobre ella», declaraba el arquitecto a este periódico, donde no dudaba en añadir: «Durante la construcción de la cruz no se registró ningún accidente».
La cruz del Valle de los Caídos, desde abajo, en el año 2000
La cruz del Valle de los Caídos, desde abajo, en el año 2000 - ABC
Algunos historiadores señalan que muchos de aquellos reos –según los estudios posteriores más de 80– no llegaron nunca a gozar de la libertad o las reducciones de pena que se les prometió por participar en la obra. Otros, además, sufrieron accidentes por las escasas medidas de seguridad que había. En su libro, Suerio entrevistaba también al médico preso Ángel Lausín, que trabajó allí durante 18 años. «Hubo 14 muertos en todo el tiempo que duró la obra. Si había un accidente mortal, me avisaban a mí. Yo lo veía y avisaba al juzgado de El Escorial. Venía el juez, tomaba sus notas y se lo llevaban al cementerio de El Escorial para hacerle la autopsia. Luego lo enterraban allí (...). Hubo accidentes muy graves y otros menos graves. Raro era el día en que no había uno, porque, claro, se movían piedras muy gordas, vagonetas grandes… había mil cosas (...). Y hubo también muchos casos de silicosis. Casi todos se han ido muriendo después», contaba.
Las obras de la Cruz y la basílica finalizaron en 1958, con un coste total de 1.086.460.331 pesetas (el equivalente a 247,5 millones de euros hoy), según la guía oficial de Patrimonio Nacional. El Caudillo veía cumplido su sueño, que quedó reflejado en 1940 en el Boletín Oficial del Estado [lee el documento de la época]: «Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan un lugar de meditación y reposo en el que las generaciones futuras rindan tributo a los que les legaron una España mejor». ¿Y qué dijeron los extranjeros sobre el resultado?, preguntaba Borrás en ABC a Méndez: «Los latinos lo entienden; los anglosajones, no. Estos últimos preguntan cuál es su rentabilidad. “Ninguna”, les contesto yo. Y se quedan pasmados tanto de la obra en sí como de lo que llaman “su inutilidad”», respondía.

Caseros, la traición a la patria

El pronunciamiento de Justo José de Urquiza, que implicó la ruptura con Juan Manuel de Rosas y derivó en una alianza de Entre Ríos con el gobierno de Montevideo y el Imperio de Brasil, fue el prólogo de un episodio clave en la historia nacional



El 1º de mayo de 1851 el gobernador de Entre Ríos emitió un decreto, conocido como "el pronunciamiento de Urquiza", en el cual aceptaba la renuncia que Rosas presentaba anualmente en la seguridad de que le sería rechazada unánimemente por gobernadores y legisladores. Era, lisa y llanamente, una declaración de guerra.
La ruptura de los jefes federales se daba en medio de una tensa situación entre la Confederación gobernada por Rosas y el Imperio del Brasil de Pedro II. La relación de fuerzas era claramente favorable para nuestra patria pues el Restaurador había preparado cuidadosamente, en armamento y en adiestramiento, dos fuertes cuerpos militares: el Ejército de Operaciones de la Confederación Argentina acantonado en Entre Ríos y Corrientes bajo el mando del general Urquiza, que podía poner entre 15 ó 16 mil hombres sobre las armas. Y el Aliado de Vanguardia, en la Banda Oriental, con un número semejante de combatientes argentinos y orientales, comandado por el general Oribe.
Pero entonces sucede lo insólito: en febrero de 1851 llega dirigida al canciller brasileño Paulino una nota del Encargado de Negocios brasileños en Montevideo informándole que un agente del Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones argentino lo había visitado para hablarle de la posibilidad de "neutralizar" a ese ejército.
Urquiza era rico, riquísimo, y uno de los secretos de ello era la salida de oro hacia el extranjero por la puerta falsa de Entre Ríos lo que le proporcionaba grandes ganancias irregulares pues Rosas había prohibido en 1837 la exportación del oro a fin de mantener una existencia que sostuviera el valor del peso e hiciera elásticas las reacciones del mercado.
Antonio Cuyás y Sampere era hombre de confianza y socio comercial de Urquiza, lo que hoy se llamaría un "operador". Herrera y Obes, canciller en Montevideo, llamó a Cuyás y en nombre del Brasil le formuló una pregunta: "En caso de una guerra de la Confederación con Brasil, ¿podría contarse con la defección de Urquiza a sus deberes?", tal como lo registró el catalán en sus Memorias. En ese entonces la mayor expectativa brasilera era la no intervención del ejército enemigo.
La respuesta de Urquiza fue la que podía esperarse de un general de la Nación a cuyo mando estaba el principal ejército que se aprestaba a una guerra contra el Imperio que osaba hacer una pregunta tan atrevida: "¿Cómo cree, pues, el Brasil, como lo ha imaginado por un momento, que permanecería frío e impasible espectador de esa contienda en que se juega nada menos que la suerte de nuestra nacionalidad o de sus más sagradas prerrogativas, sin traicionar a mi Patria, sin romper los indisolubles vínculos que a ella me unen, y sin borrar con esa ignominiosa mancha mis antecedentes?" (Carta a Cuyás, 20 abril de 1851).
Pero las relaciones entre Rosas y Urquiza se fueron deteriorando a pasos agigantados pues don Juan Manuel no ignoraba las maquinaciones del entrerriano, uno de cuyos secretarios, Nicanor Molinas, explicaría los motivos de su insubordinación: "Al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos".
Los contactos entre Urquiza y los brasileños continuaron. El canciller Paulino se preguntaría: "¿Pero obrará Urquiza, en efecto, de buena fe?¿No será una comedia entre él y Rosas?".
Los brasileños imponen sus condiciones: Brasil se comprometería en una acción militar contra Rosas solamente con la certeza de un público e irreversible "pronunciamiento" de Urquiza contra el Restaurador. Además exigían un compromiso escrito de que luego de la inevitable victoria de ambos ejércitos unidos el entrerriano garantizaría al Imperio sus premios: el reconocimiento de sus derechos sobre las Misiones Orientales, la libre navegación de los ríos interiores argentinos, el probrasileño Garzón elevado a la presidencia de la República Oriental, el reconocimiento de la independencia paraguaya para que cayera en la órbita del Imperio.
Finalmente Urquiza, argumentando la necesidad de dar una Constitución a la Argentina, a lo que Rosas se negaba, hace redactar el pronunciamiento en contra del Restaurador. En el comunicado las tropas a sus órdenes habían dejado de ser el Ejército de Operaciones de la Confederación, ahora era el Ejército de Entre Ríos.
A continuación cruzó el río Uruguay el 19 de julio, dejando a otros 10.000 hombres en Entre Ríos para cuidar la retaguardia. El 4 de septiembre, de acuerdo a lo acordado, 16.000 soldados de las fuerzas brasileñas, entre los cuales se contaban 3.000 temible mercenarios alemanes, también atraviesan la frontera. Oribe capitularía en la Banda Oriental el 8 de octubre y el Ejército Grande se incrementaría aún más con la incorporación de oficiales y soldados del Ejército de Vanguardia.
Domingo Sarmiento, convertido poco después de Caseros en acérrimo enemigo del entrerriano, le escribirá: "Se me caía la cara de vergüenza al oírle a aquel Enviado (del Brasil) referir la irritante escena y los comentarios: ¡Sí, los millones con que hemos tenido que comprarlo (a Urquiza) para derrocar a Rosas! Todavía, después de entrar en Buenos Aires, quería que le diese cien mil duros mensuales".
El "Ejército Grande" podía haber entrado en Buenos Aires al día siguiente de Caseros, 3 de febrero, que fue una breve escaramuza con el resultado definido de antemano, pero los brasileños forzaron a Urquiza a hacerlo recién el 20, aniversario de la batalla de ltuzaingó, como reparación por aquella derrota del Imperio a manos del ejército argentino.





El CNI descifra uno de los grandes misterios de la historia de España, el código del Gran Capitán

Desentrañan el alfabeto de las cartas secretas del Rey Fernando el Católico a Gonzalo Fernández de Córdoba

 

 


En sus cartas más secretas, el Rey Católico mostró enérgicamente su disconformidad con algunas decisiones del Gran Capitán durante la campaña de Nápoles, en las que percibía un enorme riesgo para el futuro del reino y para su propio liderazgo. Este es uno de los primeros detalles palpables al desvelar un secreto que ha durado más de 500 años. El Centro Nacional de Inteligencia (CNI) acaba de desentrañar el que sin duda ha sido uno de los más importantes misterios de la Historia de España: el código de las comunicaciones secretas entre Fernando el Católico y Gonzalo Fernández de Córdoba, héroe militar cuya figura se agranda a la luz de las misivas