lunes, agosto 30, 2010

SEGUIR EN EL ORGULLO Y LA MENTIRA

LA REVISTA DEL FORO
                                           SUPLEMENTO ESPECIAL
                                                    
                                  martes, 24 de agosto de 2010

                  
COLUMNISTA
   
DR.
JORGE H. SARMIENTO GARCÍA


¿SEGUIR EN EL ORGULLO Y LA MENTIRA?                     ¿SEGUIR EN EL ORGULLO Y LA MENTIRA?                     ¿SEGUIR EN EL ORGULLO Y LA MENTIRA?                     ¿SEGUIR EN EL ORGULLO Y LA MENTIRA?                     ¿SEGUIR EN EL ORGULLO Y LA MENTIRA?                    


¿SEGUIR EN EL ORGULLO Y LA MENTIRA? 


Los debates en torno del “homomonio” nos han hecho recordar que escribíamos por la década del 60 del siglo pasado:

Sin entrar en el recinto de la Revelación, sin desbordar el cauce de la  filosofía, ayudados de nuestra razón y por medio de las criaturas puede demostrarse la existencia de Dios, Ser perfectísimo, que existe por sí, y de quien los otros seres reciben la existencia. Y bien se ha dicho que la filosofía no puede escamotear ni prescindir de la consideración teológica, conciente de que ello sería anular el vuelo más ambicioso del espíritu; la multiplicidad real del universo requiere para su explicación una unidad real; Dios no es un ente de imaginación o una idea-fuerza o la divinización fácil e inconsistente de la parte más noble del hombre, sino la esencia real plena, no susceptible de perfección: “Comienzo e medio e acabamiento de todas las cosas”, decía el proemio de las Partidas. Dios existe: “Necios son todos los hombres en quienes no se halla la ciencia o conocimiento de Dios; y que por los bienes visibles no llegaron a entender a Aquel que por sí mismo es; ni por la consideración de las obras conocieron al Artífice” (Sabiduría, XIII,1)… Ergo, no prescindimos de lo divino, no le tenemos pánico, pánico que según José Corts Grau “ha malogrado tantas especulaciones al prescindir de la idea de la divinidad, como si fuera accesoria. Pero, como apuntaba Pascal, Dios no es un transeúnte con quien podamos cruzarnos sin preocuparnos de Él”.

Ahora bien, la decimotercera encíclica de Juan Pablo II fue “Fides et ratio”, publicada en tiempos –que lamentablemente perduran– de falsa modestia de la filosofía, al descartar sus grandes y eternas preguntas: ¿Porqué el ser y no la nada? ¿Qué es el bien y qué es el mal? ¿Qué es la felicidad y qué es ilusorio? ¿Qué hay después de esta vida?

Y esa “falsa modestia” no sólo degrada la verdadera vocación de la filosofía –esto es, estar al servicio de la verdad–, sino que también permite una cultura dominada por varios tipos de orgullo humano:

una visión instrumental de los demás seres humanos,
una falsa fe en la tecnología, y
el triunfo de la voluntad de poder.

Ante ello, el Pontífice señaló que o la filosofía recupera el sentido de respeto e interrogación que conduce a la verdad trascendente, o el siglo XXI será otro siglo de lágrimas como lo ha sido el siglo XX con aquellas formas de falso orgullo.

Agregó que la filosofía encaminada hacia la verdad trascendental es igualmente fundamental para la religión, pues de lo contrario se acentúa, en el clima cultural actual, la fe como una sola cuestión de sentimientos y de experiencia, no sujeta al análisis racional, lo que es rechazado por Juan Pablo con cita de San Agustín: “Creer no es otra cosa que pensar con conformidad… los creyentes son también pensadores: creyendo, piensan y pensando, creen… Si la fe no piensa, no es nada”.

Para asegurar los cimientos de la dignidad humana, fe y razón deben cooperar, porque tal dignidad está en última instancia fundada en la capacidad humana de conocer la verdad, adherirse a ella y vivirla. Salvo que el pensamiento se abra a lo que Juan Pablo llama “horizonte de lo último”, se encerrará en sí mismo y en la prisión del solipsismo, o sea, la creencia metafísica de que lo único que en realidad podemos saber es que sólo existe uno mismo, y la realidad que nos rodea puede no ser más que parte de los estados mentales del propio yo, de forma que todos los objetos, personas, etc., que uno experimenta, serían meramente emanaciones de la propia mente.

El enlace de la filosofía clásica griega y la teología cristiana en los primeros siglos del primer milenio impartió la sabia lección de que los seres humanos pueden saber qué es verdad, qué es bueno y qué es hermoso, aunque no puedan conocerlo por completo; y es esencial para reconstituir un verdadero humanismo, afirmó también el entonces Papa, recobrar ese sentido de confianza, agregando que la trágica separación de la razón y la fe, la ciencia y la religión, la filosofía y la teología, ha sido un error atribuible tanto a los filósofos como a los teólogos: cuando éstos infravaloran la razón y aquéllos niegan la posibilidad de la revelación, ambos están reduciéndose, el humanismo está empobreciéndose y el desarrollo de un humanismo verdadero frustrándose.

Expresó igualmente que fe y razón son como las alas que elevan el espíritu hasta la contemplación de la verdad, y necesitamos volar con ambas. La lucha por la verdad es un instinto connatural al ser humano, concluyendo en que la grandeza de la persona humana radica en que podemos escoger entrar en la verdad, construir un hogar a la sombra de la sabiduría y morar en ella.