jueves, abril 28, 2011

LA DEMOCRACIA ES LA ENEMIGA DEL PUEBLO

La plena incompatibilidad entre la Democracia y el Bien Común ha encontrado una nueva y dolorosa prueba. Lo mismo se diga, y por ende, sobre la contradicción inevitable entre los partidócratas y el cuidado de la nación. Esa nueva prueba a la que aludimos es el conflicto desatado por el flamante Ministerio de Seguridad en relación con la Policía Federal.


Ningún tecnicismo necesitamos conocer para ratificar enérgicamente lo antedicho. Preguntarse de quiénes son las culpas, de quiénes las deudas, a quiénes corresponde cuidar tal área o solventar las guardias adicionales, es mentar lo baladí frente a la esencial y visible tragedia de un gobierno que, para complicar al estúpido que juzga absurdamente su rival, no trepida en desguarnecer aún más los espacios públicos, precisamente en el momento en que la inseguridad arrecia y el delito acrece.

Al ciudadano de a pie no le van ni le vienen los términos jurídicos del debate, sino las consecuencias mortales constatadas a diario, al verificar la indefensión en que lo dejan los poderes públicos. Pero es que precisamente ese ciudadano de a pie es el único que no cuenta para el sistema democrático. Objeto de todo tipo de declamaciones y sujeto de promesas electorales miles, el conjetural “soberano”, en la práctica, es nada más que un cautivo indefenso en las manos insanas de los rapiñadores del poder. El argentino promedio experimenta a un altísimo costo lo que si supiera teorizar enunciaría con precisión doctrinaria. A saber, que la democracia es el principal enemigo del pueblo.

Sin embargo, a este episodio policial —emblema, como decimos, de la incongruencia entre el sistema y la benevolencia colectiva— le faltaba aún una cuota de cinismo cruel, y la ministra Garré no trepidó en ofrecerlo, que para eso está preñada de un pasado criminal, tanto como provista de un presente siniestro. Sucedió que, concluyendo la primera semana de abril, esto es, en medio de la crisis social por las insensatas medidas adoptadas, no tuvo la mejor ocurrencia que colocar una placa en el viejo edificio que fuera de Coordinación Federal, de la Policía Federal.

Pero la susodicha placa no era para recordar condenatoriamente el atentado del que fue objeto la institución, el 2 de julio de 1976, llevado a cabo por las organizaciones terroristas. Tampoco para rendir tributo a quienes fueron sus víctimas, más de veinte muertos y de setenta heridos; ni menos para condenar la terrible voladura, tristemente común en los procedimientos guerrilleros. Nada de eso. La placa es un homenaje a los asesinos; a esajuventud maravillosa que en dicho lugar habría sido “detenida, torturada y exterminada”, pidiéndose para ellos “memoria, verdad y justicia”. Unas semanas antes, claro, Firmenich y Verbitsky, partícipes directos del criminal suceso, habían sido sobreseídos definitivamente por la justicia contranatura del kirchnerismo. Como mucho nos tememos que los más jóvenes no puedan justipreciar adecuadamente esta indecible aberración, digamos en dos trazos, que el gesto sería equivalente a levantar en el Japón de hoy un monumento al tsunami, o en honrar en el patio de la escuela de Río de Janeiro al enajenado que acaba de matar sus alumnos, o en desligar de toda responsabilidad a la Thatcher por el alevoso hundimiento del Crucero General Belgrano.

Que la policía haya permitido sin hesitar tamaño vejamen a sus caídos y a su propia guerra justa, mide la corrupción en que se halla, mucho más que las proverbiales coimas o turbiedades siempre vigentes. Que un acto de tamaña subversión moral —sí, no hay otro nombre adecuado que el desubversión— sea ya noticia corriente entre los quehaceres gubernamentales y permanezca impune, retrata la hondura de un mal cuya naturaleza última es demoníaca. Y que “la maldad insolente” haya emergido de la letra de un tango para enseñorearse con lenidad sobre todo, bien podría ser el tema para una reflexión parusíaca, como lo vienen haciendo algunos especialistas.

Entre tantas mentiras, este Gobierno ha elaborado una que le da buenos dividendos. Según la misma, sus más encarnizados enemigos serían un conocido imitador de Freddy Mercury, una anciana dedicada a servirse el almuerzo en público, un hebreo baboso palmanalgas, o un par de periódicos que jamás han conocido mayor norte que el negocio. Si alguna vez se topara con un enemigo real, entitativo, veraz e insobornable, otro podría ser el curso de la historia.

Esta enemistad total y sin concesiones con la perversión democrática es la que urge fortificar y expandir. Los restantes son caminos funcionales a la perdurabilidad del modelo.

Antonio Caponnetto