domingo, mayo 13, 2018


El Cid, entre la Historia y la leyenda

Rodrigo Díaz de Vivar ha pasado a la historia de España con los sobrenombres de «El Cid» y «El Campeador». Pero, ante todo, es uno de los personajes que más han contribuido a construir el imaginario colectivo de «lo español»

 

MADRIDActualizado:Pese a la relevancia histórica y literaria de Rodrigo Díaz, no se conocen datos sobre su aspecto físico, salvo algunas referencias genéricas literarias a que llevaba «larga barba recogida en un cordón». Ni siquiera se sabe en qué año nació; diversos historiadores han especulado que debió de ser entre los años 1038 y 1052, a una decena de kilómetros al norte de Burgos, en Vivar, uno de los lugares del dominio señorial de su padre, Diego Laínez (o Flaínez), caballero al servicio del Rey Fernando I de León, que defendía la frontera de Castilla con el reino de Pamplona.
Rodrigo Díaz heredó las tierras de Vivar y Ubierna y llegó a alcanzar un relevante puesto en la corte del Rey Sancho II de Castilla, y luego en la de su hermano y sucesor, Alfonso VI.
Su matrimonio, hacia 1072, o poco después, con la noble leonesa Jimena Díaz, le confirió una mayor relevancia social y ganó nuevos señoríos en las tierras de Gormaz, al sur de Soria. Recaudó parias que pagaban los reinos de taifas islámicos al Rey de León y de Castilla, e incluso actuó como juez en algunos pleitos, pues sabía leer, escribir y tenía conocimientos de leyes. De esas fechas data su apelativo Campeador, del latín «Campi doctoris»; es decir, experto en el campo de batalla.
Convertido en señor de la guerra en la frontera con los musulmanes, Rodrigo rompió unas treguas firmadas entre su Rey Alfonso VI y Al-Qadir, monarca musulmán de Toledo, al irrumpir en territorio de este último en persecución de unos bandidos. Por ello fue expulsado de Castilla, aunque no perdió sus propiedades. Rodrigo tuvo que «buscarse el pan» entrando al servicio de los reyes musulmanes de la taifa de Zaragoza, donde ejerció como jefe militar entre 1081 y 1086. Al frente del ejército musulmán, derrotó al Rey Sancho Ramírez de Aragón y al conde Berenguer Ramón II de Barcelona.

Exilio

Perdonado, volvió a Castilla para ayudar a Alfonso VI contra la invasión de los almorávides norteafricanos, pero un desencuentro con el monarca cristiano, por no acudir a una cita para la campaña de Aledo, lo condenó a un segundo y definitivo exilio en 1088, que conllevó además la pérdida de sus dominios.
De nuevo tuvo que ganarse el pan por sí mismo, y entre 1089 y 1094 saqueó con su mesnada las tierras fronterizas entre los reinos musulmanes de Zaragoza y Valencia, hasta que consiguió hacerse con poder militar suficiente como para conquistar esta última ciudad en 1094, donde estableció un señorío propio y completamente autónomo. De esta época data su apelativo, «El Cid», es decir, «sidi», «señor» en árabe. En Valencia, donde se instaló con su esposa Jimena, su hijo Diego y sus hijas María y Cristina, derrotó a los almorávides con la ayuda del Rey Pedro I de Aragón.
En 1097 murió su hijo Diego, luchando en la batalla de Consuegra contra los almorávides, episodio dramático que, extrañamente, no recogen los cantares. Murió en esta ciudad a fines de primavera o comienzos del verano de 1099. Su esposa Jimena mantuvo el dominio cristiano sobre Valencia durante tres años más, hasta que se vio obligada a abandonarla llevándose el cadáver de El Cid, que fue depositado en el monasterio de San Pedro de Cardeña, cerca de Burgos.
Rodrigo Díaz tuvo tal relevancia en vida que pronto pasó a convertirse en un personaje de leyenda. Crónicas, romances, poemas y canciones de gesta fabricaron un héroe al que se le atribuyeron hechos prodigiosos, hazañas fabulosas y la capacidad para forjar su propio destino.
El escritor José Luis Corral
En los relatos sobre El Cid se mezclaron aspectos reales y ficticios con tal habilidad que hechos imaginados pasaron a ser considerados como históricos. Entre otros, el episodio en el que Rodrigo da muerte al padre de Jimena en un combate singular que nunca se produjo; su victoria luchando en solitario contra catorce caballeros leoneses, lo que jamás ocurrió, obligando a jurar a Alfonso VI en Santa Gadea de Burgos que no había tenido nada que ver con la muerte de su hermano Sancho, jura que no se produjo; las nunca celebradas bodas de Sol y Elvira, las hijas de Rodrigo, con unos presuntos infantes de Carrión, y luego la afrenta de Corpes, cuando las hijas de El Cid se llamaron en realidad Cristina y María (no hubo tal afrenta y se casaron con el conde de Barcelona y con un noble de Pamplona). O, sobre todo, la tan manida victoria después de muerto en una inexistente batalla, pues no hubo tal. La mayoría de los relatos hacen de Rodrigo Díaz un campeón de los cristianos frente a los musulmanes, a los que vence siempre. Pero El Cid fue adalid del reino islámico de Zaragoza, gran amigo de su rey Al-Mutamin y fiel defensor de su reino frente a los cristianos aragoneses y barceloneses.

Fascinación

Desde su muerte, la figura de El Cid ha fascinado a decenas de generaciones de todo el mundo. Considerado modelo de reyes y caballeros cristianos en la Edad Media, su fama fue tal que en el siglo XVI se produjo un intento de canonizarlo. Sus restos, depositados en el monasterio de Cardeña, fueron saqueados y vandalizados por los franceses durante la guerra de la Independencia, luego recuperados sin demasiada fiabilidad, y depositados, con los de su esposa Jimena, en 1911 en el centro de la catedral de Burgos.
La tergiversación de la historia de Rodrigo Díaz ha sido tal que se le han asignado valores que en cada época se creían los correctos, deformando así su biografía hasta convertirlo en un personaje lejano y tal vez por ello mítico.
Los Reyes Católicos, Felipe II e incluso el franquismo no duraron en aprovecharse de El Cid. El 24 de julio de 1955, Francisco Franco inauguró en Burgos el monumento a Rodrigo Díaz de Vivar con una parafernalia propia de las dictaduras. En el discurso que pronunció, Franco dijo, entre otras cosas, que «El Cid es el espíritu de España» y que encarnaba todos los ideales patrios que habían sido aireados tras la Guerra Civil. Se le atribuyó el hondo sentimiento nacional con el fin de «impulsar la deseada unidad de España», tal cual propugnaba la historiografía ultranacionalista.
José María Pemán, intelectual oficioso del franquismo, escribió sobre El Campeador lo siguiente: «El Cid escogió Valencia como objeto de su esfuerzo militar. Tenía la misma importancia que hoy tiene frente a la guerra contra los rojos (…). No es ya su gloria ni su provecho lo que le preocupa. Es España, cuya unidad siente como nadie».
En esa tesitura, las biografías de Franco y El Cid tenían que encontrarse. En 1948 se estableció la doctrina oficial del caudillismo. Al igual que El Cid en la Edad Media frente a los almorávides, a Franco se le atribuyó la defensa de España frente a los «rojos». Comparándose con el caballero de Vivar, Franco lo sublimó como «Salvador de España».
Novecientos años después de su muerte, El Campeador sigue siendo objeto de controversias. A veces es presentado como un guerrero ávido de riquezas y de gloria que aplica con dureza bárbara la guerra y la venganza, y otras como un caballero leal y honorable, fiel a su rey y a su reino.
Pero no fue el héroe inmaculado, ni el caballero ejemplar, aunque tampoco un mercenario sin escrúpulos. A veces, se comportó como un guerrero indómito y otras como un ventajista afortunado, pero siempre forjador de su propio destino.
A principios del siglo XXI, los seres humanos siguen necesitando del mito, de la leyenda y de los héroes, porque continúan inmersos en similares miedos y rodeados de las mismas pasiones de sus antecesores y porque se hacen las mismas preguntas eternas e irresolubles para las que sólo los mitos y las leyendas tienen respuesta.
Y así, el Cid continua enclavado en el etéreo imaginario colectivo, que no es capaz de discernir qué hubo de realidad y qué de ficción en la vida de Rodrigo Díaz de Vivar. Y tal vez no sea malo que siga siendo así para siempre.